miércoles, octubre 11, 2006

Historias de Lesbianas - 10

Mi casi trío

"El amor te está esperando a la vuelta de la esquina. No lo dejes pasar. Tu número de la suerte es el tres". Así decía mi horóscopo ese día. Nunca lo leo, pero esa mañana, sentada en la plaza al lado de un abuelito que alimentaba las palomas, sentí el impulso irresistible de creer que mi destino estaba impreso en esa hoja de papel..."

"El amor te está esperando a la vuelta de la esquina. No lo dejes pasar. Tu número de la suerte es el tres". Así decía mi horóscopo ese día. Nunca lo leo, pero esa mañana, sentada en la plaza al ladode un abuelito que alimentaba las palomas, sentí el impulso irresistible de creer que mi destino estaba impreso en esa hoja de papel. La última semana había sido horrible para mí. Mi último proyecto amoroso, una profesora llamada Rosa, me había mandado literalmente a la punta del cerro. Para ella su trabajo era sagrado y no estaba dispuesta a arriesgarlo por una aventura.

Por eso encontré simpático el anuncio de mi horóscopo. Quizá el destino me estaba dando una nueva oportunidad y debía aprovecharla. Caminé unas cuadras y a la vuelta de la esquina no estaba mi amor. "Bueno, tampoco debe ser tan literal la cosa", pensé. Así que decidí ir en busca de lo prometido por el horóscopo y esa noche me dirigí con mis mejores galas a la disco gay de moda. Como siempre, el lugar estaba más lleno de hombres que de mujeres, así que un poco desanimada me senté en la barra y pedí un vodka naranja para comenzar.

Cuando miré mi reloj ya habían pasado dos horas. Estaba a punto de darme por vencida y de olvidar el asunto cuando una dulce voz de mujer me ofreció un trago. "Sin compromiso, no te preocupes, es que como estás sola y yo también, bueno tú sabes, podríamos conversar un ratito..." Las típicas excusas de siempre, como si fuera pecado simplemente decir quiero invitarte un trago porque me gustas. En fin.

Mi nueva amiga se llamaba Camila y tras su aparente cara de niña buena se ocultaba más de una sorpresa. Al tercer vodka me confesó que era casada. Cuando ya creía que iba a salir con eso de "no soy feliz con mi marido", Camila fue más honesta y me dijo que era feliz, pero que su fantasía era ser seducida y hacer el amor con una mujer. Siempre lo había soñado, me dijo. Se lo había imaginado tantas veces cuando veía pasar a una mujer hermosa por la calle, cuando por casualidad rozaba la mano de alguna amiga, pero ya estaba casada y creía que nunca vería cumplida su fantasía. Entonces, me confidenció que esa mañana había leído su horóscopo y le decía que el amor la estaba esperando a la vuelta de la esquina.

Hasta el momento no estaba muy convencida con su discurso, pero el detalle del horóscopo me pareció una señal más del maldito destino que tantas veces me había dado la espalda y que al parecer hoy se reivindicaría conmigo.

Me preguntó si quería bailar y una vez en la pista de baile, comenzó a moverse en forma sensual y desinhibida, asegurándose de enseñar todos sus atributos por si aún me quedaba alguna duda. Camila me rozaba, me abrazaba, me susurraba al oído. Yo, que nunca he podido superar mi timidez, estaba casi petrificada ante sus encantos, que eran muchos y variados.

Después de un rato, me preguntó si quería ir a su departamento. Su marido se encontraba fuera de la ciudad y no volvería hasta dentro de tres días más, así que teníamos todo el lugar y el tiempo a nuestra disposición.

A pesar que ya había notado que todo fue demasiado fácil para una persona como yo a la que todo le resulta difícil, no quise cuestionarme la situación ni buscarle la quinta pata al gato. Ahí estaba Camila sentada a mi lado en el taxi, riendo deliciosamente, acariciando mi pelo, tocando mis manos con la punta de sus dedos.

Una vez en su departamento, Camila puso música, encendió la tenue luz de una lámpara y me ofreció una elegante copa de vino. Nos sentamos en un amplio sofá y comenzamos a acariciarnos primero lenta y después frenéticamente. Había algo en ella que no me cuadraba mucho. Si bien podía sentir su pasión en cada beso y caricia que posaba en mi piel, noté que no estaba absolutamente concentrada n lo que hacía. "Aquí hay gato encerrado" pensé.

Cuando nuestros cuerpos ardientes comenzaron a exigirnos pasar a otra etapa y a otro sitio, digamos algo más cómodo, nos levantamos y sin dejar de besarnos me llevó a su dormitorio y me arrojó en la cama. En menos de un minuto ya estabamos desnudas, jadeando una sobre la otra. Camila me ahogaba con su cuerpo, se entregaba y se alejaba de mí volviéndome loca.

En eso estábamos cuando sentí que la puerta de la pieza se abría.
- ¡Camila! ¿Qué significa esto?- gritó sin mucha emoción ni convicción un hombre que supuse era su marido.
- ¡Antonio! Déjame explicarte... - agregó Camila, pronunciando cada palabra como si estuviera leyendo un guión preparado con anticipación.

Yo, que a esas alturas me había tapado hasta la nariz y trataba torpemente de rescatar mi ropa esparcida por toda la cama, comprobé con cierto estupor que "Antonio" presentaba una evidente erección debajo de sus pantalones. Además, aparte de ese diálogo poco creíble que sostuvieron marido y mujer, ninguno de los dos parecía molesto ni perturbado en lo más mínimo. Entonces, vino aquella frase que estaba temiendo.

- ¿Te importaría si Antonio se une a nosotras?

Ni siquiera le contesté. Como pude me vestí y salí de la pieza indignada. Camila y su marido nosabían qué hacer. Inmediatamente me dí cuenta que era la primera vez que hacían algo por el estilo y que estaban confundidos ante el poco éxito de la operación. Camila me alcanzó en la puerta y visiblemente avergonzada se deshizo en disculpas.

Yo, sin saber qué decir, furiosa como nunca, dije lo primero que se me vino a la cabeza: "para la otra llamen a una de esas minas que se ofrecen en el diario. Además, busquen el significado de lesbiana en el diccionario. ¡Atorrantes!".

Nunca supe si el trío era parte de la fantasía de Camila o si ella era sólo una devota esposa dispuesta a todo para cumplir con el deseo oculto de su marido. El hecho es que el enojo se me pasó rápidamente y hasta me reí un poco mientras esperaba el taxi.

Esta no la cuento dos veces, pensé. "Su número de la suerte es el tres", fueron las palabras exactas de mi horóscopo. Desde ese día nunca más lo leo. No me arriesgo.

por Angie Inostroza *

4 comentarios:

luciana dijo...

JAJAJAJJAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!! COMICO

Anónimo dijo...

estobo muy exitante el relato pero el horoscopo casi 100pre falla

la pluie psychédélique dijo...

jajajajajajajajajja disculpa pero fue muy gracioso y muy buena tu respuesta.

veronica dijo...

jajajajajajaja en serio te pasó todo eso ... fue una historia asombrosa