viernes, mayo 04, 2007

Mi bella residente

Mi bella residente

Estoy segura que al leer estas líneas muchos de mis amigos sabrán quién es la osada que rompe con los esquemas que nos impone la sociedad a las mujeres. Durante toda mi vida he sido muy popular, será por mi carácter amable y alegre o porque, como me dicen, tengo un cuerpo tan formidable que muchas veces a los chicos se les hace imposible verme sin dirigirme la palabra.

Me llamo Margarita y al momento hago mi residencia en el Hospital Primero de Mayo del Seguro Social. Tengo 28 años.

Hoy quiero compartir con toda la red una experiencia que me ocurrió no hace mucho, durante una guardia en el Hospital Rosales, mientras hacía mi internado en Cirugía. La noche había sido terrible y la faena ardua. De tal modo que a la una de la mañana estaba tan cansada que ya no podía más y casi me derrumbaba por el sueño. Así que para despabilarme un poco, salí del pabellón donde estaba de turno y me dirigí a la cafetería del hospital por un café. El resto de la madrugada se veía que iba a estar tranquilo. La emergencia estaba casi vacía, salvo por un par de heridos que habían llegado recién y ya eran atendidos por algunos compañeros.

Llegué al cafetín, pedí un café y me senté a paladearlo con toda tranquilidad. Rato después, apareció por la puerta de la cafetería la doctora Osorio. Inconfundible por su alta estatura y porte elegante y majestuoso. Era una residente de primer año de medicina entonces y creo que ni se le cruzaba por la mente llegar a ser neumóloga. Entró a la cafetería y pidió también un café y fue a sentarse a la misma mesa que yo.

-Hola -dijo- ¿qué tal?

-Aquí, tomando un descanso -contesté.

-Sí, ¿verdad?. Estuvo algo pesado el turno.

-Mucho.

Y seguimos tomando café sin decir muchas palabras. La Dra. Osorio era una mujer en verdad soberbia. Era la más alta de todas las residentes, y más que su estatura, destacaba en ella una belleza envidiable. Era blanca, cabello castaño oscuro y ojos café claro. Tenía un cuerpo espléndido y esbelto y un rostro de ángel.

- Oye -dijo sacándome de mis reflexiones- ¿tú te llamas Ángela Margarita, verdad?.

- Sí, ¿por qué?

- Yo me encontré un Manual de Terapéutica con tu nombre y... anduve averiguando de quien se trataba para devolvérselo. Hasta ese momento, recordé que cuando cursaba la rotación de Medicina Interna, durante un seminario dejé olvidado el libro en un asiento del auditorium y que, cuando regresé por él ya no lo encontré. -¿En serio?, no sabe cómo he buscado ese libro. !gracias a Dios que lo encontró usted!

-¿Sabes? -dijo- por las señas que me dieron me imaginé que eras tú.

-¿Cuáles señas?

-Bueno, estatura media, guapa, trigueña, cabello lacio, y...

-¿SÍ?

- Bueno, nalgas grandes y... bonitas...

Se ruborizó al decir aquello, y a decir verdad, yo también. Yo salí con una frase para desenredar el embarazo del momento:

- ¡Qué gracioso!, bueno, pero si ocupa el libro me lo entrega después.

-No -dijo- ya compré uno. Así que hoy mismo te lo puedo entregar.

-¿Lo tiene aquí?

-Sí en la casa de residentes. Si quieres vamos y te lo entrego allá. Asentí. En ese momento yo ya había terminado mi café, pero ella aún tenía la mitad del suyo. Lo tomó en sus manos y nos dirigimos al ala destinada a los médicos residentes. Llegamos y entramos a un cuartito con lo más indispensable: una cama, una silla, un escritorio y un armario. Ella se quitó la gabacha blanca aludiendo demasiado calor y me instó a hacer lo mismo si gustaba. Yo le dije que no sentía calor. -Veamos -dijo hurgando entre las cosas del armario- por aquí tengo tu libro...

Estaba buscándolo a una mano, así que dejó el café sobre el armario y se dedicó a buscarlo con ambas. Revolvió y revolvió como loca el closet sin encontrar el dichoso libro. En un movimiento brusco, el café cayó desde donde lo había colocado por mala suerte, y se desparramó sobre la delgada blusa del traje celeste que llevaba para los turnos. -¡Demonios! -vociferó -permíteme un segundo -me dijo. E inmediatamente se sacó la blusa, dejando semidesnudo su plexo. El líquido había traspasado con facilidad la tela de algodón y había ensuciado su brassier de fino encaje. -¡Vaya! -dijo- ahora voy a tener que lavarlo antes que se le pegue la mancha y sea difícil sacarla después... ¡Y se lo quitó! Se lo sacó sin más ni más, como si en la habitación no hubiese nadie más que ella, como si mi presencia no le incomodase en lo más mínimo. Sus senos blancos quedaron al descubierto, trémulos, desafiantes, macizos, comandados por dos tetillas rosadas erguidas generosamente. En ese momento yo no sentí más que admiración porque la Osorio tenía unas tetas muy hermosas, tal como me gustarían que fueran las mías. Los senos se le veían un poco irritados pues el café aún seguía muy caliente. Para aliviar el ardor momentáneo, echó agua sobre ellos. Al refrescarse, sus pezones comenzaron a tomar una solidez exagerada, como punta de lanza y sus carnes se pusieron más firmes y tensas. Con delicadeza comenzó a lavar la prenda en el lavamanos, y dijo: -Espérame un momento, Margarita. Ya te voy a dar el libro... Al ratito salió con el brassier limpio, lo tendió de un clavo, sacó otra blusa celeste, pero no se la puso, y en lugar de ello se sentó a la par mía en la cama. Siempre he sido una mujer muy liberal pero aquella situación me incomodó poco. Ahí la tenía, con los senos al aire, hembra magnífica. Se acostó en la cama, cubriendo su desnudez echándose la blusa encima sin ponérsela, y dijo:

-¿Sabes?, me arde el pecho por lo caliente que estaba el café...

-Sí, me imagino.

-¡Ay!, si supieras como siento... -recalcó.

-Debe doler bastante.

-Sí...

Se quedó un buen rato así. Yo no decía nada y ella, al parecer estaba a punto de ser vencida por el sueño. Por fin dijo:

-Si quieres quítate tu blusa...

Yo sabía hacia donde nos estaba llevando con su actitud, ¿pero qué podía perder?. Además, acababa de descubrir que aquello no me desagradaba en absoluto y eso sólo significaba una cosa: me estaba gustando. Con poca prisa me saqué la blusa y el sostén y me recosté al par de ella. -¿Sabes una cosa? -dijo.

-¿Qué?

-Me gustan tus senos.

-A mí me gustan los suyos también -dije.

-¿Quieres tocarlos? -preguntó.

-Si me deja...

-Hazlo... Y tomó mis manos llevándolas a posarse sobre sus dos masas pectorales que se estremecieron bajo mis manos que empezaron a jugar con ellos con mucha naturalidad y a estimular sus pezones como si esa no fuera la primera vez que se lo hacía a otra mujer. Rosario tenía los pechos más suaves y dóciles que yo había tocado hasta entonces . Sus carnes se distribuían exquisitamente entre mis dedos causándonos a ambas un enorme placer. Rosario gemía y respiraba profunda y agitadamente, indicio que la excitación crecía cada vez más dentro de su magnífico cuerpo. Aquello me encendió sobremanera y entonces puse en juego mi otra mano también. -Vamos, Margarita -dijo- súbete encima mío.

Abriendo mis piernas, me senté a horcajadas abrazando con mis muslos su pelvis y continué el delicioso masaje pectoral al que la tenía sometida. Ella comenzó a acariciar mis pechos también con sus manos blancas y estilizadas. Fueron pocas fracciones de segundos las que ocupó para lograr que mis pezones se pusieran tan duros como los suyos. En verdad soy una mujer que necesita muy poco para excitarse. Sin embargo, en esa ocasión, con aquella hembra colosal me estaba probando una experiencia diferente.

Ella pasó sus manos delicadas detrás de mi cuello y me atrajo hacia sí y sus labios se fundieron con los míos en un beso apasionado y violento. Casi me ahogaba al deslizar su lengua dentro de mi boca, reconociendo con ella todos sus rincones. Con una de sus manos revolvía mis cabellos mientras con la otra acariciaba mi torso desnudo. Cuando soltó mis labios pude respirar por fin con un hondo y agitado suspiro. Empero, ella no permaneció quieta ni un instante, me volteó y quedé debajo de ella y su boca ávida siguió acosando de besos mi cuello, mis hombros y la parte superior de mi pecho. La excitación había hecho presa de mí desde hacía ratos, pero ahora parecía incontrolable, pues la doctora me encendía cada vez más y más y una sensación ardiente comenzó a socabar mi pecho y mi vientre. No era la primera vez que tenía sexo con una mujer. Por el contrario. Ya entonces había perdido la cuenta de cuantas chicas habían probado junto a mí los deleites del sexo puro y duro. Sin embargo, Consuelo tenía algo distinto, algo especial. Ella estaba casada y ya tenía un hijo, y quizás mi excitación consistía en que nunca lo había hecho con una mujer comprometida... y madre sobre todo. Los pensamientos se arremolinaban en mi cerebro en un torbellino desaforado sin orden, abruptos, locos, mucho más rápido que las sensaciones que experimentaba bajo el influjo y el peso del cuerpo de la mujer sensual que desparramaba sobre mi ardientes caricias y besos frenéticos. En la locura de estar bajo el influjo de aquella hembra formidable, no supe de mí, del momento en que ella nos desnudó por completo, sino hasta que ya tenía sus labios pegados a mi vulva, metiendo lenta y profundamente su lengua dentro de ella. La humedad y el roce me producía una mezcla de cosquillas, escalofríos y estremecimiento indescriptible con palabras. Éramos, como se diría, dos hembras fuera de lo común, haciendo de un lado la modestia. Ella, como ya la he descrito, alta, espigada, bien proporcionada; yo de estatura media, rellena, pero todo bien distribuido. En tanto su lengua literalmente trapeaba toda mi vagina, comenzó a encajar uno de sus dedos en mi ano. ¡Fatal! Yo no sé si ella estaba enterada, pero lo que más me enciende es eso: que me manipulen el culo. Es algo que en un santiamén me pone a mil. Es el máximo placer que puedo sentir de un hombre o de una mujer. Con eso logró llevarme al primer orgasmo "en un dos por tres". Como entonces comencé a gemir alocadamente (como siempre que voy a "terminar"), ella me tapó la boca introduciendo en ella lo primero que cogió con la mano: la blusa que se había manchado con el café.

Aunque yo ya había alcanzado el orgasmo, Consuelo no paró de lamerme y chuparme la torta, era una hembra pertinaz, resistente en lo que hacía. Ya la mezcla de mis jugos y su saliva bañaban buena parte de sus mejillas y resbalaban entre mi ingle, empapando las sábanas, pero ella continuaba con la succión. Una, dos, tres, cuatro veces más me hizo explotar en oleadas orgásmicas, una tras de otra sin control, estremeciendo por completo mi cuerpo. Por fin se cansó de las chupaderas y distanció su boca de mi sexo. Sin embargo, aún su dedo seguía enterrado en mi culo y fue entonces cuando éste entró en verdadera acción. Originalmente lo había metido hasta la mitad, pero fue deslizándolo, rápida pero suavemente hacia adentro, profundo, por completo, una y otra, y otra vez hasta casi alcanzarme el fondo de mi pelvis. Aquí les confieso que muchas veces antes he hecho el sexo anal. No era la primera vez, es más, hasta perdí la cuenta de docenas de vergas que me han acometido por mi hoyito posterior. Sin embargo, no sé que tenía Consuelo que solamente con un dedo me estaba llevando mucho más allá del placer que me habían proporcionado antes. Lo atribuyo a la excitación del momento, quizás o talvez a la forma en que ella lo dirigía y que sabía exactamente qué puntos tocar dentro de mi recto para hacer que me desmoronara en un mar de deleites. En total me hizo alcanzar el orgasmo 8 veces en un lapso de cinco minutos. ¡Un nuevo récord para mí!. Ella sacó el dedo de mi ano, visiblemente agotada por el esfuerzo y se desplomó en la estrecha cama. Aunque sabía que debía dejarla descansarse unos minutos, la excitación que tenía en mis adentros era tanta que no quería desaprovecharla: después no sería lo mismo. Tiré el trapo que tapaba mi boca y sin decirle nada la volteé boca abajo, le alcé las caderas dejándola en cuatro puntos y me apropié de su vulva, embistiéndola por detrás. Desde el primer contacto, mis mejillas y mi barbilla quedaron llenas de sus secreciones, que en ese momento ya eran abundantes; mi lengua profanó aquella intimidad cavernosa hasta lo más profundo. Mi excitación se multiplicó al millón al darme cuenta que, como mujer que ya había tenido hijos, su vagina era más amplia, y me permitía introducir buena parte de mi rostro por lo menos hasta la entrada y con mi lengua podía explorar mucho más dentro que lo que había hecho con mujer alguna. A todo esto, Consuelo era una gran muñecota blanca poseída por demonios de placer que convulsionaban su esplendoroso cuerpo y lo hacían estremecerse, gemir, y revolver las caderas como una loca, como nunca había visto a nadie disfrutar. Era tanto el placer que su cabeza parecía un péndulo descoordinado, instantes enterrado en las almohadas e instantes alzado y revolviéndose como negándose a creer la inmensa satisfacción que estaba experimentando. - Mete tus dedos, mi amor, mételos! -dijo en un instante que sus gemidos se lo permitieron. - Yo introduje un par de dedos dentro de su vagina, teniendo que disminuir la presión que mi boca ejercía dentro de su vulva.

- No, ahí no. -dijo- ¡en mi culo, mételos en mi culo! A diferencia del mío, su ano era más estrecho, más firme, menos "usado". Por eso me costó un poco hacer que mi dedo índice penetrara hasta el fondo. Pero el estímulo de algo dentro de su recto fue haciendo que el esfínter aflojara poco a poco hasta que pude con menos dificultad, meter otro simultáneamente. ¿para qué voy a explicar con palabras lo que decía o como gemía locamente? Solamente imagínense. Cuantas veces se vino, no sé. Solamente me di cuenta que su vagina manaba caudalosamente un jugo hialino y ralo que prácticamente bañaba sus muslos y mi rostro. Por fin, hasta el cuerpo joven y resistente de Consuelo tiene un límite y por fin cayó, impotente de mantenerse en cuatro, sudorosa y exhausta. Yo tenía un poco más de fuerzas, pero con lo que habíamos tenido bastaba para estar satisfecha. Caí recostada sobre aquella diosa blanca, colosal y ardiente. Mi "médico residente" hasta hace unos momentos y ahora, mi amiga, mi mujer, mi amante. - ¿Sabes una cosa, Margarita? -me dijo

- ¿Qué? -pregunté

- Es mi primera vez.

- ¿En serio? Pues lo hiciste muy bien.

- Sí, Hugo y yo vemos películas XXX con frecuencia y allí he aprendido lo que te hice.

-¿Y desde cuando te gustan las mujeres? -pregunté.

- Bueno... Fíjate que al principio me repugnaban las escenas de sólo mujeres, después me eran indiferentes porque ya me había acostumbrado a verlas, pero luego hasta me gustaron, y la verdad es que nunca había sentido tanto deseo por una hasta que te conocí. Ya me habían contado muchas cosas de ti y de lo que te gusta y por eso me atreví. Las palabras que me dijo me hicieron reflexionar un poco sobre mi "popularidad", pero sin llegar a la trascendencia de "debo cambiar mi vida un poco, o tengo que moderarme, bla, bla", porque las siguientes palabras me sacaron de mis pensamientos. - Y ¿sabes? No me arrepiento de haber hecho lo que hice hoy. He quedado completamente satisfecha, como nunca antes en mi vida, ni siquiera con mi esposo.

Eso era algo que he escuchado infinidad de veces y ni siquiera hice un comentario. Ella continuó.

- ¡Lástima que sea la última vez que lo hagamos!

- ¿Por qué? -pregunté sin encontrar alguna causa por lo que no debiéramos seguir esa relación.

- Entiéndeme, soy casada, tengo un hijo. Por el bien de mi matrimonio no debo seguir con esto.

- Está bien, como quieras. -hice una pausa-. Debo regresar a mi servicio. Ya deben extrañarme las enfermeras.

- Ok. Yo también. Nos vestimos, tomé mi libro y salimos a nuestros respectivos lugares. Al volver, me esperaba Diana, la enfermera de la Observación Mujeres evidentemente disgustada. - Por qué se tardó tanto, Dra. Trejos? -dijo en tono sarcástico, a pesar de ser buenas amigas.

- Porque tuve que hacer un "procedimiento de emergencia", Srta. Alonso- contesté con la misma ironía. Y me dirigí a seguir mis tareas. Diana me cogió por el brazo y me hizo girar el cuerpo hacia ella, mientras me señalaba amenazadoramente con un dedo. - Mira, Margarita. Te conozco muy bien y sé que algo te traes entre manos. Tú me conoces también como soy y ten por seguro que si me estás engañando con un hombre les va a pesar a los dos. Para aplacarla la empujé hacia el cuartito de baño y dentro le besé en los labios unos instantes y le dije en susurro: - No seas tontita. Te juro que no te estoy engañando con ningún hombre.

- Más te vale. -dijo un poco furiosa todavía y se largó. No pude menos que sonreír ante aquel suceso, Ay, no sé porque a veces me gusta complicarme la vida...

Mi amante y yo

Titulo: Mi amante y yo

Nunca había tenido una experiencia con una mujer, siendo yo mujer. Si bien es cierto, que a lo largo de mi vida me he sentido atraída por mujeres, nunca había dado rienda a mis inquietudes, tan es así que me casé hace 5 años, durante mi matrimonio le he sido infiel a mi marido 1 vez con un hombre, y esta ocasión que les contaré con una mujer.

Nayeli, mi actual amante, llegó a mi vida cuando no la esperaba, yo ya estaba establecida con mi esposo, las ideas de estar con una mujer se habían alejado hacia ya tiempo de mi mente, mas de pronto ella se cruzó en mi camino, fue verla y sentirme atraída por ella. Compañera de trabajo durante 1 mes, cruzábamos miradas a cada instante., eran miradas que decían algo más... había algo oculto.

En una ocasión tuvimos que salir fuera juntas, por camión, a pesar de ir solas en todo el camión nos sentamos una junto a la otra, llevábamos como 15 minutos de camino, cuando ella estiró sus brazos y los pegó a mis tetas, yo sentí correr electricidad por mi cuerpo, me miró, se sonrió y fue cuando yo supe que ella me deseaba tanto como yo, crucé mi brazo y le cogí de la cara le miré a los ojos y le sonreí. Mas tarde después de ir platicando ella recargó su cabeza en mi hombro, yo comencé a acariciar su pelo, siempre rozando sus tetas con mi brazo, podía sentir su pezón erecto, su respiración caliente, entonces zafé mi brazo para rodearla con él, y ella se pegó a mi pecho, puso su mano entre mis tetas y su cara y comenzó a jugar con ellas, el chofer nos veía por su espejo retrovisor, a mí no me importaba, yo quería sentirla.

Ese viaje fue solo eso, mas al volver, como a las dos semanas salimos juntas a comer, después la invité a casa a tomar unas cervezas, mi esposo andaba fuera de pesca con sus amigos. Nos fuimos a casa y ahí estuvimos platicando, bebiendo, nos sentamos en diferente sillón, al final terminé sentándome junto a ella, demasiado cerca, entonces, ella me quiso enseñar unos aretes nuevos que había comprado, me acerqué todo lo que pude a ella, y la besé en el cuello, ella se hizo para atrás, como muestra de rechazo, pero yo me acerqué de nuevo, esta vez a sus labios, puse mis labios en sus labios, comencé a besarlos, suave, tiernamente, hasta sentir que ella cedía, entonces comencé a meter mi lengua y ella soltó la suya y comenzó a besarme desaforadamente, empezó a meterme mano por donde podía, nos sacamos la blusa, el pantalón, y nos quedamos en calzón y brassier, nos fuimos a mi recámara, besándonos por el camino a ella, y nos tiramos en la cama, fue entonces que yo le saqué el brasier, y el calzón , hice lo mismo con los míos y comencé a besarla toda, sus tetas eran grandes, lindas, pasaba la punta de mi lengua por su pezón erecto y ella se revolvía en la cama, fui bajando, comencé a besar su vientre, y ella me ponía sus manos en mi cabeza, empujándola hacia abajo, abrió sus piernas, y prácticamente metió mi cabeza entre ellas, yo comencé a chupar, a chupar, a chupar, ella gemía y gemía, metía mi lengua en su vagina y sentía viscoso... pasaba mi lengua por su clítoris y sentía como se estremecía, comencé a meter un dedo en su vagina, la exploré, busqué sus puntos de placer, comencé a jalar humedad hacia su ano comencé a jugar ahí, ella solo me decía: así, así Lola, así, así Lola, le metí tres dedos en la vagina y comencé con el mete saca, sin cansarme, resbalaba completamente, estaba empapada, comencé a sentir como se contraía su vagina y teniendo los tres dedos adentro, los abrí, entonces ella pegó un grito de placer, se ve que le encantó. llegamos juntas al orgasmo sin yo tocarme, entonces le tocó su turno a ella, se ve que ella tenía mas experiencia que yo, me hizo llegar al orgasmo 5 veces más.

Desde entonces, siempre buscamos momentos para estar juntas, como pareja funcionamos muy bien, no hay celos, ella me tiene solo a mí, yo tengo a mi esposo y a ella, le cuento de mis aventuras con él y eso a ella le encanta.

miércoles, octubre 11, 2006

Enamorada de Piscis

Piscis, los pececitos del 20 de febrero al 20 de marzo



La cola se hace hacia la derecha, y por favor, no amontonarse. Es posible que no haya suficientes mujeres piscis como para que cada chica tenga la suya pero eso no es razón para indisciplinarse. A primera vista es el sueño de todos las mujeres desde que van a la escuela primaria. Admitamos que la mujer actual independiente y emancipada ha hecho subir los valores de la mujer piscis. Las recatadas, bonitas y desvalidas criaturas de neptuno tienen que ahuyentar las mujeres a palos. Y no es extraño, rara vez tratan de hacer sombra la mujer que está a su lado. Con alegría en el corazón deja que ella le aparte la silla, le ponga el abrigo y llame al taxi. Lo único que quiere es que tu la protejas y te ocupes de ella. Es una calma y acogedora balsa de tranquilidad para el orgullo de cualquiera. En invierno usa guantes de angora, en primavera faldas pulcras y vaporosas y los veranos en minúsculo bikini. En otoño verá el partido con las manos en tus bolsillos y preguntándote como va, eternamente femenina en cualquier estación del año. Diría y me quedo corta que algunas chicas van a ella como las abejas a la miel. Ella te convencerá de que tu eres la mejor, de que nunca tienes la culpa de nada, aunque ya en pareja quizá te de algún codazo, mas de uno seguramente pero la culpa es tuya, Piscis es, en ese aspecto, la mujer más peligrosa de todos los signos zodiacales! Se adapta con facilidad a situaciones conflictivas que destrozarían los nervios de cualquier otra persona. De piscis se dice que es un mar, profundo y misterioso donde van a desembocar todos los ríos. Si conoces algunos de sus evasivos secretos tendrás mas oportunidades de pescarla, dime... que es lo que la hace nadar? Ante todo sepas que es sutil, no solo sutil si no a veces un poquito engañosa cuando practica su arte de enredar a mujeres en sus zarcillos de esmeralda. Claro, tu quizá conoces a una que luce delantal y sonrisa tímida, la síntesis suprema de la mujer consagrada. Pensarás que ni es sutil ni es engañosa, pues perdona pero te equivocas, pero por otro lado es deliciosamente imprecisa y soñadora. No entiende nada de economía política pero se las arregla para vestirse como si saliera de la opera, prepara frecuentemente comidas de siete platos, paga el alquiler a tiempo y para fiestas hace unos regalos increíbles, todo eso con unos ingresos mas que bajos. Se gana el amor y el afecto de todo el que la rodea hasta del dueño de la casa. Solo tiene un enemigo, aquella a quien rechazó para irse contigo y cuyo nombre dudo que ella recuerde.

Adaptado del Libro "Los signos del Zodiaco y el Amor" de Linda Goodman

Historias de Lesbianas - 12

Dos mujeres
"Dos mujeres que nunca se llegaron a conocer. Dos mujeres que abandonaron el mismo día el hotel, odiando volver a la rutina, viendo partir a la otra en un taxi, preguntándose qué habría pasado si yo... qué habría pasado si ella..."

Dos mujeres en dos habitaciones contiguas de un pequeño y sencillo hotel en la ciudad. Una está ahí por trabajo, la otra por placer. Dos mujeres solas. Cada una se siente intrigada por la otra. Cada una sospecha, sin saber bien por qué el lesbianismo de su vecina de cuarto, aceptando la posibilidad de estar equivocadas, de estárselo inventando en sus mentes, porque a veces la soledad resulta ser una amiga demasiado imaginativa y nos hace creer que cada mujer que se nos cruza, siente igual que nosotras.

Las delgadas paredes que las separaban dejaban filtrar los sonidos de la habitación vecina. Cada una juraba que oía la respiración de la otra, los suspiros escapados de algún sueño húmedo, los pasos inquietos retumbando en el piso de madera en medio del frío de la madrugada, la suave e impertinente música en horas no adecuadas. Pero nada sabían una de la otra, aunque morían por averiguarlo. Y así pasaban los días, las miradas, los roces en la escalera, los “buenos días” y “buenas tardes” de rigor.

Uno, dos, tres, cuatro días. Al quinto, último día, una lluvia torrencial las encuentra mojadas y jadeando de tanto escapar del aguacero en el pequeño y antiguo ascensor. Improvisan una conversación. Risas nerviosas. Olor a ropa mojada. Súbitos temblores, profundos latidos. Ese pequeño lunar que nunca le había visto, ese rizo delicado que cubría su oreja, los dedos largos, las uñas cuidadas, la pequeña cicatriz en la boca. Un buenas noches frío y apresurado, un caminar rápido a las habitaciones respectivas, mil vueltas en la cama sin poder dormir, varios cigarrillos consumidos uno tras otro.

Y golpear su puerta a las tres de la mañana, esperar que abriera en camisón, despeinada, con los ojos llenos de cansancio. Y antes de decir nada, de buscar la excusa que justificara esa extraña visita, dejar que el silencio diera paso a lo demás. Cerrar la puerta, quedarse de pie una frente a la otra, inmóviles, esperando el primer contacto, el primer roce.

Nada había que decir que no se hubieran dicho bastante en ese lenguaje de miradas y silencios. Ya todo estaba explicado, no había tiempo que perder. Se arrancan la ropa, la cama las recibe tibia y acogedora, los cuerpos se descubren entre las sábanas. Las manos buscan los senos, los dientes muerden los pezones, los cuerpos se consumen desesperados y silenciosos. No hay nada que decir así que nada digas. La mañana vendrá pronto, no te resistas. Abre tus piernas, gime despacio en mi oído, siente mi lengua dentro de ti, eres tal como te había imaginado, clava tus uñas perfectas y cuidadas en mi espalda, dime tus fantasías y déjame cumplirlas, mírame a los ojos y llega conmigo al final. Seis de la mañana. Hora de partir.

Dos mujeres que nunca se llegaron a conocer. Dos mujeres que abandonaron el mismo día el hotel, odiando volver a la rutina, viendo partir a la otra en un taxi, preguntándose qué habría pasado si yo..., qué habría pasado si ella.... Una última mirada antes que partan los vehículos. Una promesa muda y una sonrisa. Hasta el próxima vez. Aquí te espero.